Situación de la Sequía en Cuba
Instituto Nacional de Recursos Hidráulicos
  Cultura del agua / Historia de la Hidráulica en Cuba
 
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  Historia de la Hidráulica en Cuba (1901-1958)
  Durante los primeros años del siglo XX, se llevaron a cabo trabajos para el saneamiento del país en el cual, producto de la Guerra de Independencia de 1895, imperaba la destrucción y la insalubridad. La construcción de alcantarillados, la pavimentación de calles y el desarrollo de campañas de higienización con la eliminación de charcos pestilentes y viviendas ruinosas, así como la organización de limpieza de calles y la recogida de basura, fueron algunos de ellos.
 
 

Se dio inicio a numerosas obras en La Habana y otras ciudades, como: las reparaciones del Acueducto de Albear y la ampliación de sus capacidades, el abasto de agua a Casablanca (al otro lado de la bahía de La Habana), la construcción del acueducto de la ciudad de Guantánamo, y del alcantarillado de Santiago de Cuba. Se creó la Oficina del Ingeniero Jefe de Obras de La Habana, y mediante orden militar de 1902, se obligó a los vecinos de la ciudad a solicitar la instalación de plumas de agua domiciliarias, que alcanzaron en ese año 12 221 domésticas y 2 900 industriales.

Las obras concluidas en La Habana significaron una transformación radical de la ciudad. Mediante ellas se le dotó de una red de alcantarillados de 294,3 km de longitud, incluido un sistema de marginales de hasta 11 km de largo, con un sifón bajo la bahía, estación de bombeo, un túnel y emisario submarino. La red de drenaje tenía 169,6 km con secciones rectangulares de 16x11 pies y que descargaban las aguas pluviales tanto en la bahía como en el litoral. La ampliación del Acueducto de Albear permitió llevar el agua a toda la ciudad, y fue dotado de su primera instalación de cloro (1914).

Otras obras relevantes fueron: el Acueducto Nuevo de Santiago de Cuba (1906), ampliado en 1921, y el sistema de pozos de San Juan (1908), que ampliaron la capacidad del suministro, a lo que se adicionó en 1931 el conducto de 23 km de longitud de la Sierra Maestra y el embalse de Charco Mono, y en 1949, el Acueducto de Gilbert; el Acueducto del Río Hanabanilla (1911), para la ciudad de Cienfuegos, con 36 km de tubería de 500 mm y los depósitos ampliados en 1947 y 1958, con una planta potabilizadora; el Acueducto de Ciego de Avila (1923) y el alcantarillado de Guantánamo (1940); los Acueductos de Bayamo y Manzanillo (1902, 1926); la ampliación del Acueducto de Camagüey (1911) y de su alcantarillado (1927); el Acueducto de Cacoyogüín (1953) y la importante ampliación que significó el abasto de Cuenca Sur para la ciudad de La Habana.

Otro aspecto a destacar de principios del siglo XX es una obra hidráulica trascendental por su audaz concepción y ejecución, por su magnitud y extraordinario beneficio y significado económico: la Comunidad de Regantes del Río Güines o Mayabeque, en La Habana. Tiene como antecedentes la Ley de Aguas de España (1879), la que en su articulado prevé la creación de las “Comunidades de Regantes”, que tienen como objetivo establecer un régimen y administración de las obras y de las aguas. Como en cualquier otra materia legislativa, las normas aprobadas en la Metrópoli eran de aplicación en las colonias de América, de este modo las leyes de aguas influyeron en Cuba, y aún con el nacimiento de la República, al no emitirse nuevas legislaciones, continuaban en vigor. El cuerpo legal de la Comunidad de Regantes de Güines fue un primer empeño en materia de regular el aprovechamiento, administración y protección de las aguas, el cual, independientemente de su fin económico, englobaba de forma ordenada el tratamiento de los recursos hídricos en Cuba. Las Ordenanzas de la Comunidad de Regantes de Güines se hacen firmes el 15 de julio de 1924.

En las décadas del 40 y 50, dos instituciones nacionales realizaron un programa de obras de ingeniería sanitaria: el Ministerio de Obras Públicas y la Comisión de Fomento Nacional, dotando a varias poblaciones del país de sistemas de acueducto y alcantarillado o ampliando los existentes. Pero debido al poco financiamiento disponible por parte de la municipios, por los ingresos limitados, y por la aplicación sucesiva de dos rebajas en las tarifas de esos servicios, se impedía a éstos realizar ampliaciones y aún menos, construir nuevos sistemas. Ambas instituciones realizaban la amortización de las inversiones y el sostenimiento del funcionamiento, administrando las obras que realizaban y aplicando tarifas que consideraban los gastos respectivos. Esto determinó que a fines de los años 50 coexistieran tres formas de administración de esas instalaciones: municipal, privada y estatal.

A pesar de todos estos esfuerzos, la situación de los acueducto y alcantarillados llegó a ser realmente alarmante. En 1950 se estimaba que 136 de las 221 poblaciones de más de 1 000 habitantes existentes en el país, carecían de acueducto y 205 no contaban con alcantarillado ni drenaje. En las provincias de Oriente y Camagüey las fuentes de sus acueductos procedían de ríos y se consumía el agua sin tratamiento alguno. Las poblaciones cubanas carecían todas de un sistema eficiente de alcantarillado, sin excluir la propia capital. En innumerables poblaciones pequeñas y en el medio rural, se carecía de hasta la más elemental letrina.

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