Se dio inicio a numerosas obras en La Habana y otras ciudades,
como: las reparaciones del Acueducto de Albear y la ampliación
de sus capacidades, el abasto de agua a Casablanca (al otro
lado de la bahía de La Habana), la construcción
del acueducto de la ciudad de Guantánamo, y del alcantarillado
de Santiago de Cuba. Se creó la Oficina del Ingeniero
Jefe de Obras de La Habana, y mediante orden militar de 1902,
se obligó a los vecinos de la ciudad a solicitar la
instalación de plumas de agua domiciliarias, que alcanzaron
en ese año 12 221 domésticas y 2 900 industriales.
Las obras concluidas en La Habana significaron una transformación
radical de la ciudad. Mediante ellas se le dotó de
una red de alcantarillados de 294,3 km de longitud, incluido
un sistema de marginales de hasta 11 km de largo, con un
sifón bajo la bahía, estación de bombeo,
un túnel y emisario submarino. La red de drenaje
tenía 169,6 km con secciones rectangulares de 16x11
pies y que descargaban las aguas pluviales tanto en la bahía
como en el litoral. La ampliación del Acueducto de
Albear permitió llevar el agua a toda la ciudad,
y fue dotado de su primera instalación de cloro (1914).
Otras obras relevantes fueron: el Acueducto Nuevo de Santiago
de Cuba (1906), ampliado en 1921, y el sistema de pozos
de San Juan (1908), que ampliaron la capacidad del suministro,
a lo que se adicionó en 1931 el conducto de 23 km
de longitud de la Sierra Maestra y el embalse de Charco
Mono, y en 1949, el Acueducto de Gilbert; el Acueducto del
Río Hanabanilla (1911), para la ciudad de Cienfuegos,
con 36 km de tubería de 500 mm y los depósitos
ampliados en 1947 y 1958, con una planta potabilizadora;
el Acueducto de Ciego de Avila (1923) y el alcantarillado
de Guantánamo (1940); los Acueductos de Bayamo y
Manzanillo (1902, 1926); la ampliación del Acueducto
de Camagüey (1911) y de su alcantarillado (1927); el
Acueducto de Cacoyogüín (1953) y la importante
ampliación que significó el abasto de Cuenca
Sur para la ciudad de La Habana.
Otro aspecto a destacar de principios del siglo XX es una
obra hidráulica trascendental por su audaz concepción
y ejecución, por su magnitud y extraordinario beneficio
y significado económico: la Comunidad de Regantes
del Río Güines o Mayabeque, en La Habana. Tiene
como antecedentes la Ley de Aguas de España (1879),
la que en su articulado prevé la creación
de las “Comunidades de Regantes”, que tienen
como objetivo establecer un régimen y administración
de las obras y de las aguas. Como en cualquier otra materia
legislativa, las normas aprobadas en la Metrópoli
eran de aplicación en las colonias de América,
de este modo las leyes de aguas influyeron en Cuba, y aún
con el nacimiento de la República, al no emitirse
nuevas legislaciones, continuaban en vigor. El cuerpo legal
de la Comunidad de Regantes de Güines fue un primer
empeño en materia de regular el aprovechamiento,
administración y protección de las aguas,
el cual, independientemente de su fin económico,
englobaba de forma ordenada el tratamiento de los recursos
hídricos en Cuba. Las Ordenanzas de la Comunidad
de Regantes de Güines se hacen firmes el 15 de julio
de 1924.
En las décadas del 40 y 50, dos instituciones nacionales
realizaron un programa de obras de ingeniería sanitaria:
el Ministerio de Obras Públicas y la Comisión
de Fomento Nacional, dotando a varias poblaciones del país
de sistemas de acueducto y alcantarillado o ampliando los
existentes. Pero debido al poco financiamiento disponible
por parte de la municipios, por los ingresos limitados,
y por la aplicación sucesiva de dos rebajas en las
tarifas de esos servicios, se impedía a éstos
realizar ampliaciones y aún menos, construir nuevos
sistemas. Ambas instituciones realizaban la amortización
de las inversiones y el sostenimiento del funcionamiento,
administrando las obras que realizaban y aplicando tarifas
que consideraban los gastos respectivos. Esto determinó
que a fines de los años 50 coexistieran tres formas
de administración de esas instalaciones: municipal,
privada y estatal.
A pesar de todos estos esfuerzos, la situación de
los acueducto y alcantarillados llegó a ser realmente
alarmante. En 1950 se estimaba que 136 de las 221 poblaciones
de más de 1 000 habitantes existentes en el país,
carecían de acueducto y 205 no contaban con alcantarillado
ni drenaje. En las provincias de Oriente y Camagüey
las fuentes de sus acueductos procedían de ríos
y se consumía el agua sin tratamiento alguno. Las
poblaciones cubanas carecían todas de un sistema
eficiente de alcantarillado, sin excluir la propia capital.
En innumerables poblaciones pequeñas y en el medio
rural, se carecía de hasta la más elemental
letrina.
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